Viajar al desierto del Sáhara

Viajar al desierto del Sáhara

Este lugar, árido y seco como pocos en el planeta, guarda una historia sorprendente. Las pinturas rupestres, los fósiles y hallazgos arqueológicos, demuestran que tiempo atrás toda la zona disfrutó de un clima muy diferente al actual. En Jabbaren, «los gigantes» en la lengua de los tuareg, existen grandes pinturas representando elefantes, avestruces, hipopótamos, jirafas y cocodrilos. Hoy vamos a viajar al desierto del Sáhara.

El arqueólogo francés Lhote encontró restos de polen fosilizado con el que reconstruyó, para unos seis mil años atrás, una vegetación típicamente mediterránea: olivos, cipreses, encinas… Aún se conservan en el Hoggar, el Tassilli o el Air árboles fosilizados de estas especies.

Las razas negroides que ocupaban la zona en esta época fueron sustituidas por otras de origen etíope que basaron su vida en una fácil economía ganadera. El Sáhara fue entonces uno de los lugares más poblados del planeta, hasta que esta superpoblación y la sobreexplotación de la naturaleza no pudieron adaptarse a un menor régimen de lluvias.

En el siglo XI, los chiitas sufrieron un cisma del que surgió un nuevo grupo llamado ibaditas y al que persiguieron con ensañamiento. Huyendo de ellos, los desterrados colonizaron lo que ahora es Guardaïa. Al abrigo de influencias e invasiones, conservaron allí todo su carácter, y hoy es un lugar anclado en el pasado donde es necesario seguir unas rígidas normas de comportamiento para evitarse problemas.

Hacia el 1200 a.C. llegó el hombre blanco desde el norte. Introdujo el caballo, pero aún hubo que esperar un milenio para que los camellos llegaran al Sáhara de mano de los árabes.

Después de su matrimonio, normalmente a los doce años, las mujeres son encerradas en casa y dirigirles la mirada supone ofender su honor. Para evitarlo se ocultan en un velo de lana que llaman «hauli» y sólo deja descubierto un ojo a través de un agujero triangular en la tela.

La llamada «pentápolis del M´Zab» está formada por cinco ciudades que ocupan un oasis de exuberante vegetación y abundantes cultivos. Además de Guardaïa están Beni-Isguen, cuyas puertas aún se cierran de noche al extranjero, Bon Noura que significa «la luminosa» y está poblada casi enteramente por mujeres a causa de una fuerte emigración, Melika cuyo nombre significa «la reina» y el Ateuf que ocupa un meandro del río y fue la primera en aparecer.

Las inversiones que los dividendos de la explotación del petróleo han permitido realizar en Libia y Argelia, principalmente, permiten un mayor aprovechamiento de los escasos recursos acuíferos del desierto. Gracias a este esfuerzo de obras titánicas algunos oasis de Argelia pueden ahora cultivar frutas propias de climas menos extremos e incluso se ha logrado producir café.

El agua del Sáhara no va nunca por los ríos, sino por debajo de ellos,
en unas condiciones que convierten en obra titánica cualquier intento de hacerla aflorar. El calor es absoluto, seco, continuo. Pero los cielos del Sáhara sólo tienen estrellas, sus atardeceres son los más hermosos y su naturaleza la más resistente.

Tamanrasset es el centro y capital del Sáhara, un lugar desolado al que la comida llega en avión y la madera para combustible desde cientos de kilómetros de distancia. Allí se desarrolla la vida de los aventureros, negros furtivos y decadentes tuareg que se apiñan en torno al whisky en una actividad febril y bulliciosa.

Las casas de Tam, como se la conoce coloquialmente, se sitúan a un lado del Uadi, o río de Tamanrasset, y al otro un mercado perpetuo de vistosas telas, herramientas usadas, animales, y como alimento apenas unas zanahorias, dátiles y minúsculos peces secos de lejano origen.

El desierto es por concepto una región pobre. Pobre en sus recursos, en sus posibilidades y en sus soluciones. E incluso pobre en su alimentación. Al margen de la esterilidad de sus suelos, ni siquiera los hoteles más lujosos, como el Tahat de Tamanrasset, pueden ofrecer más que huevos duros, pobres vegetales o sardinas en lata. Y esto a precios prohibitivos.

Quizá con menos estilo, pero desde luego con más utilidad, los locales orientados al servicio del turista-aventurero ofrecen un repertorio infinitamente más variado y fiable, aunque todavía muy lejos de la cocina francesa y otros platos de diseño.

Con mucha diferencia, el alimento más típico es el Alcuzcuz, un cocido de sémola con zanahorias y alguna otra verdura acompañados en ocasiones por un trozo de cordero o pollo. Su característico sabor, nada desagradable en realidad, se lo aporta el puñado de especias que se le añaden a gusto del cocinero. Para los lugareños, un auténtico lujo.

Tombuctú es una mítica ciudad de histórico pasado: en ella se fundaron universidades, sus cien mil habitantes se nutrían intelectualmente en sus bibliotecas y eran representados por embajadores en la corte de Córdoba. Su vida comercial, tan importante en otra época, se limita hoy a los habituales y tumultuosos mercados locales y representa a la perfección la decadencia de una ciudad que antes fue importante.

También decadente es el presente de Gao, la tercera gran ciudad de los Tuareg. Después de haber sido capital del imperio songhai, con 70.000 habitantes y un millar de barcos, fue saqueada en el siglo XVI por un ejército de tres mil marroquíes que intentaban defenderse de su expansionismo y que terminaron con un largo periodo de corrupción.

Las dificultades del desierto preservaron tradicionalmente sus recursos naturales de la explotación humana, que bastante tenía con subsistir en estas condiciones. Pero aquí existe un suelo rico en cobre, estaño, hierro, manganeso, wolframio y hasta diamantes. El hombre, pues, no tardará mucho en plantear batalla al desierto para arrancarle sus tesoros.

Los tuareg en el desierto del Sáhara

Los Tuareg pusieron nombre a la meseta del Tademaït, que en su lengua «tamahaq» significa «desnuda como la palma de la mano«. Son cuatrocientos kilómetros de silencioso calor donde es fácil ser víctima de espejismos y seguro perder la orientación de la horizontal y la distancia.

El Hoggar es una cadena montañosa de arena, piedras y montañas basálticas que con su leyenda y hermosura atraen por igual a montañeros y etnógrafos. Las temperaturas y la sequedad eterna del ambiente lo dominan todo. Pero la naturaleza es tenaz y donde quiera que aparezca siquiera una mínima humedad, allí aparece también la vida para aprovecharla

Los seres humanos, si no los más resistentes quizá sí los más tenaces, se adaptaron también a estos lugares hace miles de años, y en él persisten todavía multitud de tribus y etnias: bambarás, songhais, bozós, sorkos, somonos, entre otros, se unen a otras de mayor historia y fama, como los peuls bororo o los tuareg.

Los peuls bororo visten un sombrero cónico de paja y cuero y pantalones cortos. Las trenzas en penacho de su cabello son espectaculares, y se corresponden al culto a la belleza que practican. Viven del pastoreo y de la limosna, lo que les supone una vergüenza inevitable porque descienden, muy probablemente, de la llamada civilización bovidiana que ocupó estas tierras cuando todavía eran un cómodo hogar de clima mediterráneo, y desaparecieron casi por completo hacia el 1100 a.C. Con ellos comparten su etnia etíope, su explotación del ganado bovino y unas costumbres que mantienen idénticas a las representadas en las pinturas de Jabbaren.

El nomadismo de los míticos tuaregs, llamados «hombres azules», ha perdido su sentido al desaparecer la economía de las antiguas caravanas. Si nunca pudieron salir de su pobreza a pesar de ser realmente necesarios, menos posibilidades tienen ahora que se castiga con dureza el tráfico de esclavos y se persigue con irreductibles vehículos todoterreno.

Debieron llegar a estas tierras hacia el siglo I d.C. Veinticuatro mil de ellos formaban la llamada Guardia Sahariana que protegía las caravanas en sus desplazamientos por el desierto. Hoy perdura más de medio millón viviendo en unas tiendas que según su casta serán de piel, tela o palma trenzada y que llaman «jaimas».

La evidente decadencia de este pueblo no les ha impedido seguir siendo los «señores del desierto«, como demuestran en su porte, su dignidad, la sabiduría de sus proverbios y la elegancia de su austeridad.

 Tuaregs en el desierto del Sáhara
Tuaregs en el desierto del Sáhara. Viajar al desierto del Sáhara.

El oasis de In Salah en el desierto del Sáhara

El oasis de In Salah, permanentemente amenazada por gigantescas dunas que la rodean, fue en otro tiempo el centro del comercio de esclavos. En ella concurrían la ruta del oro y la de la sal, dándole una actividad frenética que se ha sustituido por el tráfico de animales en camiones y por la visita de los aventureros que siguen la Travesía Transahariana.

La Tuareg es una sociedad matriarcal que convierte a sus mujeres en unas privilegiadas en comparación con las árabes. No requieren vestir velo, y sobre ellas recae la importante responsabilidad de vigilar el ganado. Incluso los hijos llevan el apellido de la madre.

Se alimentan de un te fortísimo por las mañanas, dátiles secos y leche de camello, de gusto extraño pero muy nutritiva. Por las noches, utilizan varios cereales para preparar en una especie de palangana una masa sin levadura que entierran en la arena, que a su vez cubren de brasas y el rescoldo de una hoguera durante cerca de una hora. Es la taguela, que una vez limpia de arena se come sin demasiados miramientos.

Viajar al desierto del Sáhara supone por concepto prescindir de Occidente, de sus costumbres y comodidades. Tan sólo hace falta un poco de voluntad para acostumbrarse a unas condiciones de privación y ascetismo ideales, durante una temporada, para gentes tan acostumbrada a los mayores lujos y los problemas más tontos.

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